martes, 7 de enero de 2014
La Bella y la Bestia
Esto empezó muy bien: nos conocimos, empezamos a hablar, a salir. Nos reíamos juntos, lo pasábamos bien juntos, me trataba como una reina. Decidimos casarnos y nos fuimos de luna de miel. me dijo que me amaba, que nunca me iba a dejar, que era su vida. Y para mí, él lo era todo. Había abandonado mi vida de antes para empezar una nueva junto a él. Pero al volver del viaje, empezó la pesadilla. Primero hubo discusiones, insultos. Venía borracho la mayoría de las veces y eso cuando venía. Muchas noches dormía sola esperando a que volviese. Pero no aparecía hasta la mañana siguiente. Cuando empecé a sospechar que me engañaba y se lo dije, empezaron las bofetadas, los puñetazos, las palizas. Me decía que si no le daba lo que él necesitaba, lo tenía que buscar fuera. Me pedía perdón y yo le perdonaba porque le quería, no podía perderlo. Me había acostumbrado a vivir junto a él, era el hombre de mis sueños. Pero un día la paliza fue a más y me dejó moribunda en el baño y me amenazó que si lo contaba, me mataba. Así que callé por miedo. No quería que le hiciese nada a mi familia. Pasé unos días en el hospital ingresada. Me había roto unas cuantas costillas, el tabique de la nariz y tenía hematomas por todas partes. Pero lo que más me dolía no eran las cicatrices, era el alma, el no poder hacer nada, el sentirme yo culpable. A lo mejor la culpa la tenía yo por no tratarle mejor. Si le hubiese tratado mejor y hubiera hecho lo que él me pedía, tal vez no se hubiese ido a buscar a otras mujeres, no tendría que refugiarse en el alcohol, no tendría que pegarme. A los médicos les dije que me había caído por las escaleras y resbalado en el baño, por eso me habían encontrado allí y mi marido fue el que llamó a Urgencias. Pero mentía, mentía por ese canalla. Cuando me dieron el alta, volví a casa. Mi marido estaba arrepentido y me pidió perdón con un ramo de rosas y dándome un beso. Yo me lo creí desde luego y le perdoné. Pero al de unos días todo volvió a la normalidad y cuando mis cicatrices empezaban a cerrarse, él me las abrió de nuevo. Esta vez incluyó patadas a su habitual paliza de bofetadas y puñetazos. Yo lloraba en el suelo, me dolía todo y tenía miedo. Le irritaba que yo lloraba y me pedía, a gritos, que parase de llorar o iba a darme razones para llorar. No podía parar el llanto. Era tan grande el dolor que no lo podía soportar. Mi marido desapareció un momento y apareció con un cuchillo en la mano diciéndome que o me callaba o me lo clavaba. Retrocedí en el suelo como pude atemorizada. Él me seguía de cerca diciendo que le diese un motivo, que quería deshacerse de mí. Lo que iba a hacer con mi cuerpo era tirarlo a la basura porque no valía nada. Se acercó a mí, se agachó y empezó a manosearme. Yo gritaba y lloraba diciendo que parase, pero no paró y siguió hasta el final. Sí, mi marido me violó cuando no podía ni con mi alma. Aprovechó la desventaja que yo tenía para hacerme lo que quiso. Empecé a llorar de nuevo, me sentía sucia. Cuando terminó de vestirse, se levantó y se dio la vuelta. Pensaba que ya había terminado mi calvario, pero me equivoqué. Se agachó de nuevo, cogió el cuchillo que había dejado en el suelo y me asestó la primera puñalada y después otra y otra más. Una puñalada por cada día que estuvimos casados.
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