¿Demostrar los sentimientos? ¿Para qué? ¿Encariñarse? Ya había aprendido la lección de no sentir cariño porque ya le habían jugado malas pasadas. Era imposible no sentir ningún sentimiento porque era persona y las personas sentimos queramos o no. A partir de ese momento iba a ser egoísta y sólo iba a pensar en su persona. Para volver a querer o confiar le tendrían que demostrar que era importante en sus vidas. Y parecía que eso se había esfumado una noche. Iba a seguir el consejo que le habían dado tantas veces, pero nunca le había hecho falta: piensa primero en ti.
Llegó la noche y estaba cansada de sentirse así, de modo que cogió su bicicleta y salió a dar una vuelta. Las calles estaban iluminadas por las farolas y por la luna. Hacía una noche esplendida, más ella no lo apreciaba. Era tan grande su penar que sólo miraba dentro de sí y de su corazón- Se preguntaba qué había hecho para llegar a aquella situación, qué había pasado. Lo tenía todo y de repente se encontró vacía. Era como una burbuja que había estallado. Mientras estaba completa, se sentía bien, se sentía feliz. Pero volvía a estar mal, a no encontrar su lugar en el mundo. Incluso le rondaba la idea de desaparecer por un tiempo. Pedaleó y pedaleó hasta que sus piernas no pudieron más, hasta que dijeron basta. La bicicleta se ladeó, ella se negaba a descansar y acabó en el suelo. Pero no le importaba el dolor, no le importaba tener las piernas doloridas, las rodillas raspadas. Era más grande el dolor de su alma. A veces le costaba respirar. El corazón se le aceleraba. Sentía escalofríos. Encontró la posición en el suelo y se quedó dormida. Sentía frío y tiritaba por la intemperie, pero no le echó importancia. Se despertó al poco rato, no podía dormir. Buscó entre sus bolsillos y sacó su MP3. Buscó su canción y se colocó los auriculares. Le dio al play y cerró los ojos para llevarse llevar. Se transportó a otro lugar, allí donde era feliz, donde no sentía sufrimiento, estaba acompañada por gente que la quería. Quería quedarse por siempre allí. Allí estaba su lugar, en ese mundo paralelo. No le veía sentido al mundo real. Quería irse al mundo espiritual. Desaparecer de su mundo real y desplazarse a su mundo. Ese sitio donde podía ser feliz, donde había gente que la quería, que la acompañaba, que la arropaba. Si necesitaba un abrazo, no tenía ni que pedirlo. Se daban cuenta. En sus imágenes de pronto apareció la imagen que le resultaba familiar, que conocía y vivía en el mundo real. Poco a poco las personas a las que quería se fueron definiendo y le decían que fuese feliz, que no estaba sola, que debía seguir adelante, que luchase con todas sus fuerzas.
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